Como la mayoría de los juegos de azar, su origen es confuso, datándolo una gran parte de historiadores en la Edad Media. Por su nombre, podemos deducir que el bacarat tal y como lo conocemos nació en Italia.
La palabra italiana “baccará” significa “nada”, que es el valor que se le otorga a las figuras y a los dieces en este juego. Una de las teorías es que el juego ya se conocía en Italia, y que en algún momento del siglo XV se introdujo en Francia.
Con el paso de los años, el bacarat se volvió tremendamente popular en los incipientes casinos de la Riviera francesa, que se encuentran entre los primeros casinos nacidos en Europa. En estos locales el juego original comenzó a modificarse, naciendo algunas variantes.
Pronto, la clientela comenzó a interesarse mayoritariamente por una versión en concreto, la que ellos apodaron “chemin de fer” (camino de hierro, o vía de ferrocarril). Pero no será esta la variedad que hoy día conocemos como bacarat. Esa se la debemos a los ingleses.
El juego llegó a Inglaterra en el siglo XVIII y vuelve a ser conocido como bacarat, obviando su paso por Francia, y es así como se exporta a todo el mundo y acaba llegando a los Estados.
La inauguración del casino Dunes de Las Vegas, a mediados de la década de los 50, vino acompañada de fiestas y luces, además de otros reclamos, como la presentación en exclusiva del juego del bacarat en los Estados Unidos. Tal fue su éxito que en pocos días se podía jugar en cualquier casino de Las Vegas. Al ser un juego nuevo y bastante exclusivo, pronto captó la atención de los grandes apostadores y de las clases más pudientes, por lo que el bacarat se entendía principalmente como un juego de grandes sumas.
Para hacerlo más accesible a toda clase de público, se creó en la década de los 80 el llamado Mini Bacarat, que aunque seguía las reglas de original, implicaba menos cantidades de dinero, con lo que el juego volvió a ser popular para la gran masa.

